lunes, 14 de enero de 2013

¡DIOS NOS LLAMA AL COMBATE ESPIRITUAL!


Por: P. Jürgen Daum

La fiesta del Bautismo del Señor es ocasión para reflexionar sobre nuestro propio Bautismo y sus implicancias.

El Bautismo no es un mero “acto social”: marca verdaderamente un antes y un después. Por el agua y el Espíritu fuimos sumergidos en la muerte de Cristo para nacer con Él a una vida nueva, la vida de la gracia. ¡Por mi Bautismo llegué a ser verdaderamente «una nueva creatura» (2Cor 5, 16)! ¡Por mi Bautismo he sido «revestido de Cristo» (Gál 3, 27)! ¡Por mi Bautismo llegué a ser verdaderamente hijo o hija de Dios!

Pero si por mi Bautismo he sido purificado y transformado, si por el Espíritu he sido hecho una nueva criatura, ¿por qué sigo experimentando la inclinación al mal? ¿Por qué a pesar de proponerme una y otra vez hacer el bien, vuelvo a hacer el mal del que me había arrepentido? ¿Por qué soy tan débil y tan frágil ante la tentación, cediendo a ella aunque sé que no me va a llevar a nada bueno y me va a apartar de Dios? ¿Por qué me es tan difícil alcanzar alguna virtud, a pesar de que quiero? ¿Por qué experimento una continua lucha, a veces muy fuerte, en mi interior? ¿No debería el Bautismo haberme arrancado también esa inclinación al pecado, que experimento que persiste en mi, que me combate cada día y me hace sufrir? Como Bautizado, ¡sé que debería ser luz en el mundo! Sin embargo, descubro con tristeza que no sólo no brillo como debería, sino que no pocas veces me he hecho tinieblas al dejarme arrastrar por esta inclinación al mal y al pecado que
no puedo
arrancar de mí.

Enseña la fe de la Iglesia que aunque el Bautismo «borra el pecado original y devuelve el hombre a Dios... las consecuencias para la naturaleza, debilitada e inclinada al mal, persisten en el hombre y lo llaman al combate espiritual» (Catecismo de la Iglesia Católica, 405).

Esta enseñanza me da una luz fundamental y me permite entender que la inclinación al mal que experimento en mí, así como la inercia o dificultad que experimento para hacer el bien, no deben ser jamás una razón para hundirme en el desaliento, o una excusa para abandonar la lucha y renunciar al esfuerzo, sino que deben ser para mí un incesante aguijón que me llama cada día a la lucha paciente y perseverante.

Comprende pues, que en respuesta al don de tu Bautismo es Dios mismo quien hoy te llama a este combate decidido, y te garantiza el auxilio de su gracia y de su amor para que puedas vencer en esta batalla, que se prolongará sin duda a lo largo de toda tu vida.

MEDIOS CONCRETOS:

1. Al disponernos para el combate espiritual, lo primero que debemos hacer es reconocer humildemente nuestra propia insuficiencia. Solos, con nuestras propias fuerzas, no podremos vencer jamás. Una vez reconocida y aceptada nuestra propia insuficiencia, hemos de acudir incesantemente a Aquél único en quien podremos encontrar las fuerzas necesarias para perseverar y vencer en el combate. Sin el Señor, sin la gracia que procede de Él, todos nuestros esfuerzos tarde o temprano se mostrarán inútiles (ver Jn 15, 5), y sólo nos hundirán en el desaliento y desesperanza, llevándonos finalmente a abandonar la lucha. En cambio, con Él, podremos ponernos de pie una y mil veces, podremos avanzar aunque sea lentamente, podremos perseverar en la lucha, con la esperanza puesta en esta promesa del Señor: «el que persevere hasta el fin, ése se salvará» (Mc 13, 13). Esa fuerza la hemos de buscar especialmente en la Comunión frecuente (cada semana como mínimo) y en la ConfesiÃ
³n
frecuente (cada semana o dos semanas es recomendable; inmediatamente si estas en pecado grave). La fuerza la hemos de buscar también en la oración perseverante (todos los días), en los momentos fuertes de oración, y particularmente en la visita al Señor en la capilla del Santísimo.

2. Junto con el recurso a la gracia divina hemos de actuar, proponiéndonos metas concretas para ir avanzando. Se trata de despojarme de mis vicios o hábitos pecaminosos y revestirme de las virtudes que me enseña Cristo. Así por ejemplo, si suelo ser impaciente con tal persona respondiéndole mal con frecuencia, me propondré dominar mi impaciencia y responderle con amabilidad. Si agredo automáticamente cuando me agreden, me propondré dominar mi ira ante cualquier agresión, no responder igual, guardar la serenidad, perdonar interiormente a la persona que me agreda (¡Con mucho mayor razón si se trata de mi esposo/a!). Si suelo mentir, me propondré dejar de hacerlo, callar en vez de decir una mentira, o --aunque me cueste-- decir la verdad si la otra persona en justicia debe saberla. Si acostumbro mirar páginas pornográficas en Internet (o “sólo de vez en cuando”), me propondré no mirarlas más, así como luchar por purificar mi mirada en general. Si caigo en l
ujuria,
me pondré no pecar más, rechazar toda tentación apenas venga a mi mente con un rotundo “NO” y huir de inmediato de toda situación u ocasión que ponga en peligro mi pureza. Si tomo alcohol hasta emborracharme, tomaré con moderación o no lo haré en absoluto si no soy capaz de dominarme una vez que tomo “sólo un copa”. Si no rezo porque “la flojera me vence”, me propondré rezar todos los días aunque sea 10 minutos, de preferencia en un momento en que no esté cansado, a la misma hora todos los días. Si guardo rencor u odio hacia alguna persona que me hizo daño, rechazaré todo deseo de venganza, pediré al Señor que me conceda un corazón como el suyo, capaz de perdonarla por el daño que me ha hecho, y rezaré por ella como rezó Cristo desde la cruz: “Padre, perdónalo/a porque no sabe lo que hace.” De este modo debes proponerte en la vida cotidiana “morir al pecado” para “renacer a la vida en Cristo”, “despojarte del hombre viejo” par
a
“revestirte del Hombre nuevo”.

3. El Señor nos pide perseverar en ese combate con paciencia, con esperanza, nunca dejarnos vencer por el desaliento, siempre pedirle perdón humildemente por nuestras caídas levantarnos de inmediato para volver decididos a la batalla, cuantas veces sea necesario. No olvides que estás llamado a ser santo, y que “santo no es el que nunca cae, sino el que siempre se levanta”.

¡A SER SANTOS!

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